NUBES DE CRISTAL
Aurelio vio pasar las golondrinas que revoloteaban sin cesar y se imaginó ser una de ellas. Fue un momento bonito, pero sin ninguna trascendencia. Tendido sobre la hierba, una vez pasado el revuelo de las golondrinas; cerró los ojos y solo dejó que el sol y el viento, que soplaba ligeramente, hicieran su trabajo. Las nubes que desfilaban, decidieron hacerlo de manera magistral; como si de un espectáculo premeditado se tratase. De pie, daba vueltas sin cesar, de una forma grácil danzaba y revoloteaba; sintiendo que sus brazos eran alas que expresaban deseo y libertad, a veces levantaba un pie y otras saltaba de un lado a otro como escapando y regresando al punto de partida mas decidido que nunca. De repente, sus rodillas tocaron la hierba y como un arrepentido furioso, se encontró de cara al sol que no era clemente... Con sus manos arrancó pedazos del césped, y de sus ojos brotaron lagrimas; paralelamente, un sonido agudo interrumpió la quietud que reinaba instantes atrás, era el grito que venía desde sus entrañas, cortando la ligereza del viento, y dejando ver así su rabia y frustración que estaban haciendo acto preciso.
Era bonito, maravilloso y melancólico... Pero, ¿había alguna razón por la cual Aurelio no se atreviera a expresar ese pensamiento? Hasta el momento solo era él, el viento, el sol, la tierra, su bicicleta; que se encontraba tirada a solo unos metros. ¿qué o quién le impedían revolotear como las golondrinas, desfilar como las nubes etéreas que él admiraba?...
No había que buscar tanto en la mente, no se trataba de algo cerebral. Decidió escudriñar en su corazón, a ver si encontraba una respuesta que lo satisfaría, logró rozar con ella; pero no al nivel que el imaginaba. De cierta forma se deshizo de sus lagrimas, conectando con esa respuesta que tanto buscaba, que contradictorio era pensar que tenía que deshacerse de ellas. Su rostro hizo un giro hacia el sol, que quizás se había reconciliado con el viento, puesto que su inclemencia ya no hacía parte de la ecuación, y esbozando una sonrisa caminó hasta donde se encontraba su bici. Mientras pedaleaba sin cesar no dejó de sonreír, pensando lo estúpido que fue abrirle la puerta a ese recuerdo trágico que le impidió bailar, de cierta manera conectó con la complicidad que existe entre el viento y las nubes.
Saul Vega.
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