Marco II parte
El árbol
En ese momento todo sucedió demasiado rápido, Marco se encontraba en la arena y lo último que recuerda fue la bofetada sin compasión que recibió del que parecía llevar las riendas de ese grupo. El tiempo no era su aliado, y sin embargo solo tuvo un segundo para toser y expulsar la sangre que surgía de su boca. ¿A que se debía tal violencia, sin mediar palabra alguna ni juicio, ni oportunidad para expresarse?
-Mi nombre es Baldassare Marco Rossi y no se que hago aquí, hace poco he visto el sol desaparecer y la luna tomar su lugar. -Espetó Marco.
Al parecer el tiempo decidió ser gentil y darle un espacio. Acto seguido levantando un poco el rostro, Marco pudo constatar que un misterio incandescente se escondía tras la violencia desenfadada con la cual había sido abordado hace un instante. Logró descifrar en cuestión de segundos como la mirada del que precedía todo ese momento, se desvió hasta la mujer que sostenía su brazo derecho. Y ya que estaba de aliado con el tiempo nuevamente, miró a su izquierda y un hombre bien parecido y mas bien del mediterráneo lo sostenía.
-Suéltenlo. Exclamó el tipo. Nuestras mas sinceras disculpas. Me llamo Alonzo, a tus lados tienes a Elisa y Cestes. Creímos que eras un usurpador.
Marco dudó en aceptar sus disculpas,¿cómo podía hacerlo cuando aún le dolía la mandíbula? Preguntas iban y venían, como el oleaje, que de cierta forma hacía caer en cuenta a Marco que aun estaba soñando. Poco a poco el sonido de las olas comenzó a alejarse dando paso a una tierra con árboles tupidos de hojas y sombras que resplandecían con la luz de la luna.
El trayecto sirvió para conocer a quienes minutos atrás eran verdugos sin razón. Ya que estaba en un sueño, Marco pensó que quizás el hombre que los guiaba a no se donde, era el sol que tomaba forma humana, puesto que su tez blanca y cabellos rubios como destellos que llegaban a los hombros le hacían dudar. Pero resulta ser que el llamado Alonzo sabía lo que hacía y a donde los dirigía. A lo mejor porque soñaba, Marco se permitió confiar en ellos. Finalmente la mujer, Elisa, compartía parentesco con Alonzo, ya que en una oportunidad soltó un: -creí que sabría quienes éramos, como nos lo ha dicho mi padre.
Unas columnas inmensas se erigían delante de ellos, con grandes escalones de piedra lisa y brillante, que hacían ver que la puerta estaba inalcanzable. Por alguna razón Marco dudó nuevamente , pero esta vez deseaba que fuese realidad. Atravesaron con inquietud y llegaron hasta una puerta que a pesar de su imponencia, no dudaron en abrirla. No bastaba con admirar, como si de un gran museo se tratase pero sin obras de arte, bajaron por unas escaleras y desfilaron por un pasillo tan largo que ya Marco había olvidado el sonido de las olas.
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